PUTAS Y MARIACHIS SE NIEGAN A USAR BARBIJOS TRAS LA GRIPE PORCINA

En una ciudad paralizada por el miedo, buscan seguir trabajando y no quieren cuidarse.

CON POCO TRABAJO. MARIACHIS AYER, EN LOS CANALES DE XOCHIMILCO EN CIUDAD DE MEXICO. ALGUNOS EVITAN EL BARBIJO PARA PODER SEGUIR CANTANDO.

No es un sábado más en Ciudad de México. La noche es solitaria, oscura, “la influenza le robó el alma”. No es un sábado más tampoco en la Plaza Garibaldi. “La capital del mariachis”, como dice el cartel rojo que cuelga sobre el estacionamiento cerrado por alerta sanitaria, se ve también distinta. Sin turistas, con pocos mexicanos dispuestos a recibir una serenata, y con cientos de mariachis que se resisten a usar barbijo y a no cantar. Se resisten a “que los toque el pinche virus”.

Bajo la pérgola con columnas de cemento, Juan Camacho Guinaldo pregunta casi al oído, sin tener en cuenta que el nuevo virus de la influenza obliga a la distancia entre los cuerpos: ¿quieres mariachis?

-¿¡Sin barbijo!?

-Es que acá cuenta la comunicación. Nosotros estamos para cantar y hablar con los clientes, explica mientras dice que éste “fue el peor sábado que hemos tenido en la historia”. Vestido de negro levanta los ojos sobre la plaza salpicada de pequeños grupos de hombres vestidos de negro que matan el tiempo afinando sus instrumentos. “Mire lo que nos han hecho. Yo me crié aquí, cuando esto estaba rodeado de pantanos. Ya las cosas venían mal con la economía, pero con lo que sacábamos el sábado -unos 250 dólares- nos servía para toda la semana. Pero hoy, con esto de la enfermedad, no canté ni una serenata. Ni una rancherita. ¿No quiere escuchar ‘Cielito Lindo’ por 60 pesitos? Son apenitas 5 dólares”.

La ciudad está paralizada desde que el 1º de mayo el gobierno de Felipe Calderón decretó el cese de actividades y les pidió a los mexicanos que se queden en sus casas para poder frenar la cadena de contagio de la nueva influenza humana que -hasta ayer- oficialmente tenía 568 casos confirmados, entre los que había 22 muertos.

Pero la ciudad estaba distinta desde el jueves 23 cuando se estableció el alerta sanitario. Las clases se suspendieron ese día y, aunque deberían volver el martes, ya se habla de que los chicos seguirán sin clases hasta por lo menos el 11. Aunque según el secretario de Salud, José Angel Córdova, la evolución de la epidemia de influenza se encuentra en su fase de descenso, no se descarta que las clases se reanuden el 11. Temen un rebrote del virus y para evitarlo quieren acondicionar las escuelas.

Mientras tanto, los 20 millones del DF viven entre la angustia por el temor al contagio y el aburrimiento. Acá saludarse con la mano está prohibido y menos besarse. Si hasta en los culebrones mexicanos ya no se ven esas escenas apasionadas entre los “Jorge Albertos” y sus damas. Las grandes cadenas de televisión ordenaron cambiar las escenas de amor para evitar el contacto físico entre los protagonistas y, así, el contagio.

Los daños económicos de la epidemia se calculan en millones en una ciudad que ya venía golpeada por la crisis económica mundial. A los empleados de los hoteles -uno de los sectores más castigados- los hacen trabajar un día y descansar cuatro y sin cobrar sueldo.

Un taxista ayer le contó a Clarín que hacía 48 horas que no tenía un viaje. A ellos los obligan a andar con barbijo y guantes. Y, en caso de no hacerlo, le quitan 5 días de sueldo. Las madres ya no saben qué hacer con sus hijos y se teme un aumento de la violencia doméstica. Hay dos canales especiales para que los chicos no pierdan tanto las clases. No hay restaurantes ni cafés para sentarse. Todo es puertas adentro. Agobiante. Cansador. Extraño.

No es un sábado más en Ciudad de México. La noche está distinta hasta para las “sexoservidoras” que trabajan sobre las calles del centro. Ivana tiene unas plataformas enormes, un short blanco mínimo que dice “Bebé”. No para de jugar con su celular rosa chicle mientras se muestra a los autos que la miran, pero no paran.Tengo un sólo 30% del trabajo habitual. Pero hay chicas que esta semana no trabajaron nada”.

-¿No usan tapabocas?

-No, las del barrio de La Merced, sí. Nosotras, aquí en Solís, no. Sólo usamos un gel desinfectante que compramos en el hotel, dice la chica de 23 años y que se vino de Campeche para trabajar.

A unas cuadras de esa esquina, los mariachis de la Plaza Garibaldi copian el método de Ivana para ganar clientes. Se asoman a los autos que pasan por la avenida para ofrecer una canción.

Una pareja para su auto. Los músicos se preparan. “Porque quise cantarle que le quiero….”, empieza con voz grave un mariachi de pelo renegrido.

“¡Sáquese eso!”, me dice un mariachi mientras me señala el barbijo. “No entiende. Es que a usted el pinche virus no le va a pegar. A nosotros tampoco. Les pegará a los pobres, a los que no comen bien que son muchos y están mal desde hace siglos”. Entonces, Antonio Monterrey argumenta su fórmula anti-influenza. “Es importante saberse bien. Cantar. Tener amor”. Y hace un silencio, se para firme, saca el pecho como para cantar. Abre la boca y grita: “Animo México, ánimo”.

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